INTRODUCCIÓN
En 1985, en plena dictadura chilena, cuando tenía quince años de edad, me encontraba abrazado a mi novia observando desde un octavo piso el crepúsculo santiaguino. Ver el sol posarse sobre el horizonte urbano nos llenaba de tranquilidad en aquellos duros días de intensa actividad política. De pronto, desde mi más profundo interior me surgió intempestivamente una duda. A boca de jarro le pregunté a mi chica si ella sería capaz de aguantar la tortura. Mi sorpresa fue grande cuando ella con toda naturalidad me respondió que por supuesto. Me sentí incómodo. Me molestó su seguridad. Yo no estaba tan seguro de mí mismo. Ella me miraba en silencio mientras le confesaba que yo creía que no iba a aguantar. No nos dijimos nada más. El silencio era elocuente. Mientras el sol resbalaba a lo lejos deseamos habernos conocido en otro tiempo y lugar.
La reflexión que me provoca aquel recuerdo irrumpe desde el estupor, bronca y confusión que genera la evidencia de la verosimilitud de la tortura en nuestro mundo actual. En la medida que por años me he expuesto a las palabras entrecortadas o mecánicamente fluidas de torturados que me han referido su experiencia, al interior de ese difícil ejercicio en el cual son los silencios los que hablan, siento que he tocado fondo, que he llegado a un límite. ¿Límite de qué? De la propia capacidad de investigación del límite, del trabajo categorial y conceptual que intenta problematizar aquello que se resiste a ser problematizado.
La experiencia del límite le ha puesto límites a mi propia experiencia de investigación. Algo me ha abordado, algo extraño que, esta vez, es a mí quien no deja de torturar. Algo que ha terminado casi por ahogarme, por tragarme. No obstante, a pesar de esto vuelve la pregunta: ¿Por qué estos relatos de mis amigos, de mi padre? ¿Por qué mi impotencia? ¿Por qué este pasado? ¿Por qué este presente? ¿Por qué la tortura? ¿Por qué?
“El por qué rompe el dominio de lo otro sobre nosotros. Rompe el encanto de la maravilla y la parálisis del terror.” (1) Ya que no es sólo el relato de la tortura el que se resiste a ser tratado, es la tortura misma. El efecto paralizante de la tortura sobrepasa, con creces, a la escena particular de la sala de tortura. En esto reside su eficacia probada por toda la historia de occidente. La tortura se nos presenta como una unidad, como una totalidad que a todos nos contiene y domina. Que de tanto hacer hablar nos ha dejado mudos, sin palabras para hablar de ella. Porque ella no habla por sí misma, no pregunta, no interroga. Eso lo hacen los torturadores. Victimarios y víctimas a la vez de la tortura, de ese ejercicio, de esa tecnología, de esa relación de relaciones. La tortura como Todo tampoco responde. Si interrogase, dejaría de ser ya el Todo, sería parte: la parte que interroga y la que responde. No obstante, a nuestra pregunta por la tortura no le es necesaria la respuesta para instituir la alteridad. Porque es más bien debido a nuestra pregunta que la tortura es abordada como algo distinto a nosotros mismos. Nuestra pregunta le da un lugar a la tortura, la acoge en su horizonte de tal forma que la hace finita. Ahí donde aún no somos capaces de afirmar algo con certeza, la pregunta rompe la unidad, quiebra lo que se nos ha presentado como un Todo que totaliza, que busca mantenerse cerrado, quieto, permanente.
Parafraseando a Vitello podemos decir que es gracias a nuestro por qué que la tortura se vuelve a hacer presente en un mundo que ha querido que sea olvidada, a pesar de su presencia. Con nuestra pregunta la confinamos a un tiempo, ahí donde la tortura se ha querido hacer eterna, sin tiempo, en el desierto sin límites del puro terror. Nuestra pregunta también es parte de ese tiempo, de hecho es gracias al instante de nuestra pregunta que surge este tiempo: el tiempo del preguntar el por qué de la tortura.
Pienso que nosotros –la comunidad de las víctimas; los cientistas sociales que viven el deber ético de investigar; las organizaciones de derechos humanos, en fin, ¿podremos decir un nosotros, toda la humanidad?-, ese nosotros aún es efecto de la tortura. Mediante nuestras recurrentes preguntas la volvemos a instituir, no podemos evitarlo, no podemos dejar de preguntarnos por qué. Pero, aún en la crítica la tortura está completamente presente, incluso en su negación, operación que, como nos recuerda Levinas, guarda en las suelas de sus zapatos el polvo de la tierra que abandona.
A pesar de ello, el largo pasado y la triste actualidad de la tortura en muchos puntos del globo nos lleva a emprender el intento de borrar, hasta donde sea posible, el misterio de la tortura para borrarla a ella misma. Sin embargo, lo que con suerte lograremos es hacerla legible, mediante la imaginación de nuestra lectura, de nuestra investigación. Pues nosotros también somos síntoma de esta tecnología de poder, de la tortura. Somos, quisiera creer, su último testimonio.
1.
Antes que nada resulta útil establecer el contexto de aparición de la tortura, como práctica institucionalizada y sistemática, en el caso de la dictadura militar del General Augusto Pinochet. A partir de los informes oficiales del Estado democrático chileno, Sobre Verdad y Reconciliación –conocido como Informe Rettig-, Sobre Prisión Política y Tortura –Informe Valech-, así como del Auto de Acusación a Pinochet del Juez Baltazar Garzón, nos resulta posible hacer una delimitación de las fases históricas del despliegue de la represión institucional en Chile, a partir del 11 de Septiembre de 1973, las que para efectos de este escrito denominaremos del siguiente modo (2):
a) Fase del terror masivo paralizante y disciplinante de intimidación generalizada. Identificación de un Otro a eliminar como forma de purificación de la Nación. (11 de septiembre 1973 – mediados de 1974)
En esta fase se utilizaron espacios públicos para detenciones masivas. Hubo tortura y ejecuciones seguidas de la desaparición de los cuerpos así como exilio. La ejecución estuvo a cargo de las cuatro ramas de las Fuerzas Armadas, viéndose directa o indirectamente avalado en su inicio el Golpe Militar, y con ello el comienzo del Exterminio, por la Corte Suprema, el ala conservadora de la Iglesia Católica, y ex presidentes de la República. (3) El vínculo entre la Junta, el Derecho y parte de la Iglesia lo otorgaba una noción de enemigo común que lentamente se fue materializando en los cuerpos de los condenados. Así, el Decreto Ley Nr.1 de la Junta señaló: el objetivo es “restaurar la chilenidad, la justicia y la institucionalidad quebrantadas”(4), esgrimiéndose como principios más amplios la lucha y erradicación total de la “conspiración comunista/marxista” que amenazaba a la civilización occidental. Por ello se debía actuar para preservar la moral occidental y cristiana frente al “internacionalismo marxista y ateo”, que se habían confabulado con los “religiosos por el socialismo”. Con estas apreciaciones se expusieron los contornos del Otro del nuevo orden, que debía ser exterminado, en pro de la depuración de Chile.
b) Fase del exterminio físico del Otro. La purificación de la Nación mediante la aniquilación de la Nación: La tortura (Mediados de 1974 y comienzos de 1978)
Es la época de la Dirección de Inteligencia Nacional (DINA), organismo del Gobierno dependiente del Ministerio del Interior que recibía órdenes directas del general Augusto Pinochet. Caracterizó a este período la represión sistemática, planificada centralmente, ya cada vez menos pública, ejecutada en recintos secretos por personal especializado que detuvo, torturó e hizo desaparecer cuerpos. Se estudiaron y sistematizaron las técnicas de tortura científicamente. El objetivo de esta fase fue la eliminación selectiva de los liderazgos de los sectores institucionalmente organizados del gobierno de la Unidad Popular. Se exterminó así, en seis años, a gran parte de la Nación Chilena, partiendo por el Jefe de Estado, los dirigentes de los Poderes Ejecutivo, Legislativo y Judicial, de las Intendencias y Municipalidades, las Universidades, Iglesias, Sindicatos, Partidos Políticos y Organizaciones Profesionales y Culturales que estructuraban a la Nación. A nivel poblacional, campesino e indígena se eliminaron a los líderes y dirigentes que cohesionaban, durante el Gobierno de Salvador Allende, los órganos del llamado poder popular, como los Cordones Industriales, Movimiento de Pobladores Revolucionarios, Frente de Trabajadores Revolucionarios, Movimiento de Campesinos Revolucionarios. Fue la “época de oro” de la colaboración entre las dictaduras latinoamericanas en la eliminación de determinados grupos, por medio del llamado Plan Cóndor, que relacionó a los servicios de inteligencia de las dictaduras del Cono Sur, además del pago a organizaciones terroristas internacionales como la Avanguardia Nazionale de Italia. Se implementa la tortura como método privilegiado de extracción de información de los detenidos, en pro del exterminio.
c) Fase del Control y Registro de Información (Entre 1978 y 1983)
Época de la CNI, Centro Nacional de Informaciones, creada en agosto de 1977 como sustituto de la disuelta DINA. Durante 1977 y mediados de 1980 desciende la tasa de desapariciones y muertes. Lo que se acentúa es el control de los movimientos político-sociales opositores, por medio de la destrucción psicológica de la víctima, la desaparición selectiva y muerte por tortura. En esta fase se introduce en forma sistemática la presencia y participación de médicos en las sesiones de tortura, que se encargan de que el daño no sea mortal y del ocultamiento de las huellas. La tortura como método se privatiza, no ocurre en el espacio público. A partir de 1980 se reacciona a la actuación de las organizaciones armadas rebeldes, se recrudece la represión y se retoma la eliminación selectiva y persecución de los líderes claves del Movimiento de Izquierda Revolucionaria, Frente Patriótico Manuel Rodríguez, y Partido Comunista de Chile.
d) Fase de obtención de información. Intimidación Pública y Destrucción operativa de grupos paramilitares (1983-1990)
Esta fase está preocupada de dar respuesta a las protestas nacionales del período, por medio de la represión masiva callejera, allanamientos, estado de sitio y la perpetuación de eliminaciones selectivas de dirigentes opositores públicos, internos y de aparatos militares subversivos. La mayoría de estas acciones son ejecutadas por la CNI, habiendo participación de otros organismos institucionales, como la Dirección de Comunicaciones de Carabineros e Investigaciones. Comienza una disputa de poder entre las distintas instancias represivas. El número de denuncias por tortura durante estos años llega a 1550 personas, y el trato cruel por detención asciende a 6874. Es decir, la tortura como práctica selectiva se ha masificado, pasando a formar parte del modus operandi de toda institución represiva a cargo del orden social.
Los “instrumentos del terror” utilizados en el período y según su grado de masificación fueron los siguientes: arresto por abuso de poder; exilio; amedrentamiento; detenciones arbitrarias como relegación y secuestros; tortura; desaparición de detenidos; ejecuciones; muertes “explicadas” (falsos enfrentamientos, falsos suicidios, falsos accidentes); y, muertes en tortura. Los hechores fueron siempre agentes públicos o personas que actuaron bajo su amparo.(5)
Pero, ¿a qué nos estamos refiriendo exactamente con la tortura, como tecnología de poder privilegiada durante la dictadura militar de Pinochet?
2.
Naciones Unidas concibe a la tortura en los siguientes términos:
“A los efectos de la presente declaración todo acto por el cual un funcionario público, u otras personas a instigación suya, infligen intencionalmente a una persona penas o sufrimientos graves, ya sean físicos o mentales, con el fin de obtener de ella o de un tercero información o una confesión, de castigarle por un acto que haya cometido o se sospeche que ha cometido, o de intimidar a una persona u otras. No se considerarán torturas las penas o sufrimientos que sean consecuencia únicamente de la privación legítima de la libertad, o sean inherentes o incidentales a éste, en la medida que estén en consonancia con las reglas mínimas para el tratamiento de los reclusos”.(6)
Esta definición entiende que la tortura es una actividad intencional y premeditada, programada sistemáticamente para alcanzar dolores psíquicos y físicos en un otro. Sin embargo, uno de los problemas evidentes de la misma es que limita el ejercicio de la tortura al ámbito de los agentes del Estado -¿qué ocurre cuando esta actividad es realizada por civiles paramilitares?-, y no especifica qué es lo que se entiende por tratos o penas crueles, inhumanos o degradantes. Intentando probablemente superar estas carencias Amnistía Internacional ha redactado su propia definición:
“Independientemente de la personalidad de torturadores concretos, la tortura tiene un fundamento teórico: el aislamiento, la humillación, la presión psicológica y el dolor físico son medios de obtener información de someter al preso y de intimidar a sus allegados”.(7)
Por los elementos contenidos en ambas definiciones no es difícil intuir la influencia conceptual de uno de los campos donde más se ha trabajado, investigado y discutido el tema de la tortura: la psicología. Las interrogantes y respuestas que provienen de esta disciplina son diversas pero conservan, en su mayoría, el rasgo común de referir la tortura a las alteraciones psíquicas que genera su ejercicio, a la condición psíquica dañada del torturador, y a una “condición natural” del ser humano a provocar daño en el otro. Estas posturas, sin embargo, se van complejizando, como podemos observar al recorrer algunos de sus “ejemplos ejemplares”.
Para el psiquiatra Francisco-Alonso Fernández, por ejemplo, la tortura ocupa “entre nuestros objetos de intolerancia absoluta e implacable, […] entre los más tristes y vergonzosos “horrores”, el primer lugar como la atrocidad y la infamia más grande conocida. Allí donde hay tortura, la Humanidad ha sido reemplazada por la Animalidad”.(8) Habría una psicología propia de los torturadores aunque se deja consignado que la capacidad de torturar se encuentra diseminada por doquier en la mente humana: “el placer de humillar y destruir al enemigo es universal; se extiende del uno al otro confín”.(9)
En una época en que se ha entronizado a la razón, el dato respecto a la continuidad de estas enormes muestras de degradación de la racionalidad humana puede producir un poco de desconcierto, señala Fernández. Sin embargo, replica, si se considera que la razón está actualmente subordinada a satisfacer el hedonismo y el desarrollo de la técnica, confundida muchas veces con la racionalización o elaboración de razonamientos aparentes o falsos, acompañados de una proliferación de violencias y falta de solidaridad, “entonces se entiende perfectamente cómo la razón no ha podido todavía con la tortura”.(10)
Fernández distingue esquemáticamente cinco tipos psicológicos de tortura en función de la actitud del torturador material y el objetivo buscado: Tortura de la muerte o tanática, apropiada por un torturador brutal y exterminador que cosifica a las víctimas; Tortura de la mutilación, que se encarga de cortar la mano o el pie, o taladrar los labios o la lengua, en la que el torturador tiene el papel ultra sanguinario de carnicero humano o descuartizador de la humanidad; Tortura penal administrada como pena adecuada a un delito, idónea para un torturador sadista y cruel, que se complace con el sufrimiento ajeno; Tortura terapéutica, cuya pretensión es transformar la personalidad de la víctima, tarea adecuada para un torturador con fantasías de omnipotencia; Tortura confesional, delatora o informativa, en la que a diferencia de las tres primeras modalidades, se ofrece una "rentabilidad de la tortura", en el sentido que en ella el torturador material adopta una actitud servil y de dependencia pasiva hacia las instancias superiores, que son las que asumen la tarea de efectuar el interrogatorio o la acusación.(11)
Las víctimas de la tortura son gente de condición diversa, diversidad que es distinguida por Fernández en tres apartados: los guerrilleros y los agitadores; los militantes políticos adversos, “a pesar de no haberse desviado de la legalidad pacifista”, así como los simpatizantes de otras tendencias; y, los sospechosos “realmente asépticos e inocentes al ciento por ciento”.(12) En cualquier caso –sostiene Fernández-, la tortura “se habrá definido como una experiencia biográfica única que marca con un signo indeleble (desde luego de características muy distintas) a las víctimas y a los verdugos”.(13)
No es mi intención discutir la validez de los análisis psicológicos propuestos por el autor. Solamente he querido destacar el énfasis psicologizante utilizado en este tipo de acercamiento al tratamiento de la tortura que reduce el fenómeno a explicaciones individualizantes de la estructura psíquica particular o a la explicación genérica del instinto de agresión natural de la especie humana. Dando luz sobre procesos presentes como efectos de la tortura no ahonda en el por qué de su surgimiento. Y será al interior mismo de la psicología que surgirán las críticas, especialmente de una rama de ella: la psicología social.
Desde este enfoque se amplía la mirada a la tortura involucrando más elementos que interactúan como condiciones de posibilidad para la misma. Ignacio Dobles Oropeza, por mencionar un caso, encuentra cuatro constitutivos básicos del acto de violencia de la tortura: la estructura formal del acto; la ecuación personal; el contexto posibilitador de la violencia, y el fondo ideológico del acto.(14)
Uno de los aspectos más interesantes a los que arriba Oropeza es al proceso de valorización de la víctima por parte del torturador. Este proceso le permite explicar la brutalidad en ascenso del acto de la tortura. Esta inversión, que es de carácter ideológico, consiste en que el ser humano que se encuentra indefenso, degradado e impotente ante las circunstancias que lo han fijado en calidad de víctima inerme frente al torturador, se convierte en “agente de poderosas fuerzas extrañas” o herramienta y parte de “conspiraciones internacionales”. De tal suerte que el torturador al ejercer violencia sobre su víctima cumple con un deber sagrado de luchar contra estas amenazas de proporciones magníficas.
Esta inversión ubica las acciones de violencia de la tortura en un nivel defensivo y no ofensivo: es el torturador el que se defiende torturando, defiende a toda la sociedad contra las actuaciones de fuerzas poderosas que la ponen en peligro. Es esta relación “defensiva” a la violencia la que, a ojos de Oropeza, le otorga un grado mayor de legitimidad a las actuaciones del torturador. “Mientras más daño se hace más se lo merece, y por tanto requiere mayor justificación”.(15)
El fondo ideológico de la tortura dice relación con la creencia de parte de la población, que se muestra indiferente y pasiva a sabiendas que se practica tortura muy cerca de ella, en un “orden natural” de las cosas. En este “orden natural”, que es un orden justo y ordenado de principio a fin, aquél que es castigado lo es porque “algo habrá hecho”. En este mundo ordenado, natural y justo, los malos son los culpables de las reprimendas de los buenos, mecanismo de inversión, nuevamente, de causas y consecuencias de manera tal que es el propio torturado el que es responsable de la existencia de la tortura.
Con el análisis citado vemos cómo la psicología social complejiza el fenómeno de la tortura ganando en riqueza interpretativa y analítica. El torturador ya no es un ser poseído por sus instintos perversos y sádicos. O si lo es, lo es tal como cualquier otro “ser humano normal”. El secreto de la tortura no se encuentra, por lo tanto, en su problemática psicológica. Son los hombres normales los que mataron a millones de hombres normales a lo largo del siglo XX. Son contextos históricos determinados los que posibilitan la aplicación legítima de la tortura.
El psicólogo social Enrique Bustos da un paso más en esta dirección. Este autor busca:
“Una definición, que a la vez que entrega una directriz heurística y principios epistemológicos en la descripción, comprensión y valoración del fenómeno de la tortura, permita la ubicación de los problemas, síntomas y dolencias de los afectados en un cuerpo social, en una realidad a la vez personal e histórica”.(16)
Para él la tortura es una demostración de poder que reflejan en su dialéctica conflictos ineludibles del sistema. En términos políticos, es el nivel represivo más agudo del enfrentamiento de las fuerzas sociales a través de sus representantes. Junto con el castigo y la obtención de información la finalidad de la tortura es destruir y quebrantar al sujeto, como medio ejemplificador para aterrar a la población y a los opositores del régimen o sistema.
Como consecuencias de la tortura observa la corrosión de toda la sociedad; la desarticulación de una interacción social cotidiana; el quiebre de relaciones humanas y lazos solidarios; la distorsión de la realidad. En una palabra, para Bustos estas consecuencias reflejan el sistema de valores de un “poder totalitario”.
Junto con abrir la mirada como psicólogo Bustos previene de no sobrepolitizar y caer en un “sociologismo postulador de luchas y medidas globales para la comunidad toda”. Esto debido a que sólo prestarle atención a la dimensión del conflicto que ocurre en la cámara de tortura en términos políticos, no da lugar al mundo emocional y vivencial del individuo, con “sus respuestas de entonces y ahora”.(17) Los determinantes de la sobrepolitización y del sociologismo residen en nuestras propias necesidades, dolores, impotencia y limitada capacidad de hacernos cargo del “infierno colectivo depositado en nuestro mundo emocional”.
Producto de ello, tendemos a caer en formulaciones en las cuales elevamos a los torturados a la categoría de héroes, de luchadores indoblegables en la cámara de tortura y frente a las técnicas de aniquilamiento. También existe la tendencia de levantar la imagen contraria: de la doblegación como sumisión consciente y colaborante, o bien la elección de la muerte como instancia liberadora que derrota al torturador.
En este caso, es el análisis sobrepolitizado el que revierte los roles, sobrevalorando al torturado, otorgándole omnipotencia frente al ejercicio de la tortura, y desvalorizando la condición humana del torturador. Esta mirada sobrepolitizada, sostiene Bustos, tiene el efecto paradójico de despolitizar el fenómeno de la tortura, olvidando así su carácter de “ejercicio consciente, sistemático, con objetivos definidos, por sujetos humanos, integrados y partícipes de un sistema de valores que usa recursos extremos para la defensa de sus intereses”.(18)
Por ello Bustos propone entender la tortura como un fenómeno al que se le otorga valor real, objetivo y social. Fenómeno que atraviesa la sociedad, sus estructuras y miembros, de manera vertical y horizontal. Se hace necesaria la comprensión de la objetividad de la realidad externa y la subjetividad del mundo psíquico interior para lograr, sostiene Bustos, la emancipación de las consecuencias de la tortura, tanto como psicoterapeutas como pacientes. La tortura, por tanto, sería un síntoma de un desorden social llamado orden establecido.
De manera diferente a lo tratado hasta aquí, para Edison Otero y Ricardo López la tortura es directamente un hecho social:
“Esto quiere decir que su ocurrencia no puede inferirse de la psicología de éste o aquel individuo sino de relaciones sociales, de la interacción de grupos, de complejos fenómenos institucionales, de condiciones políticas determinadas: en una palabra, la tortura, como cualquier hecho social, expresa una trama de determinaciones múltiples cuya conexión es necesario desentrañar”.(19)
Los autores intentan diferenciar sus análisis de las visiones patologizantes provenientes de ciertas lecturas de la psicología, desterrando de entrada la existencia de un “instinto torturador” que pueda yacer en nuestros genes o en alguna región cerebral. No habría, asimismo, una locura irremediable de los torturadores. Es decir: quienes torturan son personas normales. Tener este supuesto como punto de partida permite preguntarse por cuáles son las circunstancias que convierten a personas normales en torturadores, qué condiciones sociales hacen posible que un hombre se convierta en torturador de un semejante suyo. De la misma forma, ¿cómo es que la víctima se ha convertido en tal?
Al respecto, los autores señalan tres procesos necesarios, pero no exclusivos: subvaloración de la víctima; obediencia a la autoridad y adhesión ideológica. Como vemos desde ya, estos procesos coinciden y se diferencian a la vez de los propuestos por los autores que hemos revisado con anterioridad. Dobles Oropeza nos hablaba de un proceso de sobrevaloración de la víctima de parte del torturador; Bustos de un proceso semejante de parte del lector sobrepolitizado, y ahora se nos invita a pensar en un proceso de subvaloración. A mi juicio, se trata de procesos complementarios por lo que es necesario integrar las distintas miradas que los autores han trabajado como si cada una de ellas, por separado, fuese suficiente para intentar comprender el fenómeno de la tortura.
Lo mismo ocurre con el componente ideológico. Oropeza lo había trabajado como “fondo ideológico”, entendiendo por él el ambiente de legitimidad social que acompaña, silenciosamente, al ejercicio de la tortura. Por su parte Bustos nos instigaba a buscar claves en los procesos externos -sociales e ideológicos, de la esfera de los intereses-, e internos –la subjetividad, la realidad psíquica-. El elemento nuevo que aportan Otero y López es el de adhesión a la autoridad. Pero veamos, primero, como se da según estos autores el proceso de subvaloración de la víctima.
Ya en las definiciones tanto de Naciones Unidas como de Amnistía Internacional pudimos establecer claramente la relación diferencial y desproporcionada que opera entre torturador y torturado: la falta de un plano de igualdad, donde uno controla toda la situación mientras el otro se encuentra absolutamente desvalido. Este elemento es importantísimo de tener en cuenta y jamás olvidarlo, pues en ello se juega, entre otras cosas, la posibilidad de una comprensión compleja –que es la que yo postulo-, de víctimas diferenciales, nunca equivalentes de torturadores y torturados: Sí, ambos son víctimas de un contexto social específico posibilitante de la tortura institucionalizada, pero en ningún caso son equivalentes, por la relación diferencial y desproporcionada que opera entre ambos, en el que uno ejerce el poder prácticamente total sobre otro. Y por ello deben hacerse responsables los torturadores en tanto individuos ante la justicia y sus historias personales, como culpables de cometer delitos de lesa humanidad. Ello no obsta, sin embargo, a que como sociedades avancemos hacia una comprensión de los contextos sociales posibilitadores de la tortura que hacen que personas normales se vuelvan víctimas de cometer actos de tortura contra otros seres humanos.
Para Otero y López en la escena de tortura subsiste una diferencia que es proxémica, pero por sobre todo de valoración de uno hacia el otro. Ya antes de alcanzar la escena de la sala de tortura se ha preparado, previamente, un proceso de subvaloración. Este proceso es explicado con la “teoría del prejuicio”, proveniente de la psicología social.
Esta teoría, como es bien sabido, describe una actitud hostil o negativa hacia un grupo delimitable, que está basada en generalizaciones derivadas de una información errónea o incompleta. La actitud hostil, por tanto, proviene de un grupo que tiene a otro grupo como objeto del prejuicio. La actitud hostil exterior al grupo es la contracara de una actitud incondicional hacia dentro del grupo. La hostilidad, por tanto, es fuente de cohesión e integración emotiva y sentimental, de autoafirmación del miembro del grupo, que expresa estabilidad, seguridad e identidad.
Así, en el prejuicio intervienen sentimientos intensos, vitales y existenciales. Por ello al prejuicio no se le puede examinar en términos epistemológicos, es decir, en función de criterios de verdad y falsedad de sus contenidos y de su coherencia o lógica interna. Estos contenidos son rígidos, impermeables a la experiencia. Son imágenes detenidas pero operativas: estereotipos. Toda contradicción entre estas imágenes queridas y la experiencia son convertidas en confirmación de lo creído, la “racionalización”:
“Hay en esto una determinación recíproca: toda la energía integrativa hacia adentro del grupo tiene su equivalente en la energía hostil y agresiva hacia el grupo objeto del prejuicio; así cada supervaloración propia tiene como correlato la subvaloración de los otros”.(20)
La racionalización no es un mecanismo intelectual sino, y aquí lo interesante a nuestros ojos, una estrategia afectiva. En la autoconfirmación se juega la propia estabilidad emocional. Por ello, una vez determinado el objeto del prejuicio este se fija y permanece incambiable e inalterable.
De tal suerte que la violencia posible, su grado de intensidad y alcance, está previamente condicionada por el proceso de subvaloración que pasa a operar como “preparación para la victimización”. Así, en una situación de incertidumbre seria la violencia es desatada automáticamente contra los que ya han sido subvalorados, otorgándole “la situación misma” permiso al victimario para actuar contra otro de manera distinta a como lo haría con un par.
La víctima, por tanto, no es un igual, sino el “culpable” de todo lo negativo y adverso, por lo que la violencia ejercida es un servicio social. Por ello no hay conflicto moral, pues la subvaloración de la víctima ya ha desalojado la experiencia moral del victimario.
Sin embargo, el torturador no es un individuo solitario que castiga a los subvalorados. Este recibe órdenes. Pero la violencia excede también al que da la orden. Tanto el que manda como el mandado son parte de una organización jerárquicamente estructurada, con pocos arriba y muchos abajo. Y en esta estructura piramidal todos los valores adoctrinados de lealtad, respeto a la autoridad, fidelidad y disponibilidad absoluta, hacen que el individuo ceda su responsabilidad de decidir. Efecto de ello es la disolución de la responsabilidad individual, que se complementa, con lo que Otero y López llaman la “evaporación” del conflicto moral, por la subvaloración de la víctima.
La adhesión ideológica es el tercer proceso que se conjuga para la materialización de la tortura, en tanto sistema de creencias ya establecidas, que otorgan un conjunto de respuestas ya halladas, a las cuales se adhiere. El adherente a una ideología, por tanto, no es un “explorador”, es decir, no está en estado de búsqueda o de duda, y su actitud no es de carácter intelectual. Las ideologías son creencias de alcance universal, que contienen afirmaciones acerca del sentido de la existencia, el mundo y la historia, sobre el origen, la condición y el destino, que en sus casos extremos constituyen un sistema cerrado de pensamiento que pretende validez total y permanente, definitivo y verdadero, irrefutable e infalible.(21)
La adhesión a este sistema cerrado se da por vía institucional, mediante un proceso sentimental, emotivo y no racional, hallando los adherentes en la ideología un apoyo vital, una firmeza existencial, un destino determinado. Por ello “inserto en la ligazón emotiva y telúrica con el credo, el adherente retrocede temeroso a la sola idea de abandonarlo; dejar de creer viene a significar exponerse al vértigo de una vida desprovista de explicaciones claras y tajantes”. De ahí que los sistemas de poder tengan en la ideología su sistema de autoprotección: la amenaza del sinsentido.
En este nivel de análisis encontramos una dinámica de retroalimentación entre la creencia y la organización. La creencia es el cemento cohesionador vital de sus adherentes, y la organización establece las formas de expansión y aplicación de la doctrina. El dogma y la palabra oficial, por tanto, siempre escapan, rehuyen, y son intocados por la discusión. La adhesión ideológica entrega un respaldo existencial seguro, pues dentro de ella la vida tiene sentido al estar incorporado a una totalidad de significado que copa todo el universo:
“Identificado con la creencia, el sujeto se siente partícipe de una gran empresa que envuelve siempre los destinos de la humanidad en su conjunto, y sentirá que toda oposición a tal empresa constituye un verdadero crimen contra el hombre”.(23)
Se da, por tanto, una coincidencia entre los mecanismos psicológicos implicados en la ideología y en el prejuicio. Y desde aquí, entonces, la bomba de racimo que implica la sumatoria de grupo, institución e ideología en la forma descrita. La identificación sentimental que une a estas instancias sociales inhibe, además, la reflexión crítica, incluso dificulta la posibilidad de pensar acerca de lo que se está cometiendo. Literalmente se trata de un proceso de extrañamiento. En consecuencia, se da un juego dialéctico infernal: sumisión, disponibilidad para la institución, obediencia a la autoridad, lealtad a la jerarquía, hostilidad frente a la diferencia, subvaloración de la víctima, desaparición de la responsabilidad individual.
“Así, el sujeto modelado en la obediencia, la lealtad, la sumisión, la hostilidad, la identificación y la permanente racionalización autojustificativa de sus actos o ideas, siente su vida comprometida como parte de una obra social total… No es un asunto personal: es el destino del hombre lo que el adherente siente en juego”.(24)
Ante estos valores superiores cualquier procedimiento se encuentra justificado previamente. El torturador y su actividad están insertos en una obra mayor de higiene social, y así es como los propios torturadores la perciben. Torturar es un servicio social, un beneficio público. La impunidad moral ilimitada es posibilitada por la sanción ideológica con la que se enviste a la tortura, en ella reside su impunidad.
Si a esto agregamos el “fondo ideológico” de Oropeza, “su” proceso de sobrevaloración de la víctima y las consecuencias de la tortura trabajadas por Bustos, estamos en condiciones de postular un modelo de acercamiento al fenómeno de la tortura mucho más complejo que el que entregan las teorías psicologizantes. Sin embargo, aún resta incorporar un nuevo elemento al campo de juego. Esto, porque las distintas descripciones y análisis que suelen realizarse en torno a la tortura se adopta el punto de vista de un observador externo al fenómeno, y se deja sin considerar la “experiencia misma” de la tortura, esto es, por ejemplo, la lectura que de ella hacen los propios sujetos que, a través de la violencia, intentan ser sujetados a dicho ejercicio de poder: los torturados.
2.
Los relatos e historias de vida de personas torturadas creo que constituyen una valiosísima fuente de saber específico que podemos llamar saber resistencial. En las conversaciones y a través de los medios de difusión de información propios de sus entornos particulares, se advierte la recurrencia de narraciones de torturas, donde quedan registrados los indicios que manifiestan la peligrosidad de la situación de tortura, que una vez ocurrida pasa a convertirse en perfectamente posible y verosímil para un conjunto de personas. En estas historias aparecen una víctima y un victimario en un escenario, su encuentro, la interacción mediada por técnicas específicas y el resultado del encuentro. Estos elementos de registro colectivo constituirían lo que estamos llamando saber resistencial.
De esta manera, surge una producción de todo un conocimiento que comprende el proceso de reconocimiento e identificación de los actores y de los resultados de sus acciones, pues los relatos revelan la identidad y la lógica de la actuación del torturador, aspecto que eventualmente podría permitir al lector o al oyente de los testimonios de torturados, proyectarse o anticipar la posibilidad de constituirse en víctima potencial y planificar acciones preventivas. Por tanto, existirían indicios desde los cuales se podría aprender cuándo, dónde y frente a quién actuar de determinada manera. Se actúa pues, porque hay sujetos y situaciones definidas socialmente como amenazantes. De constituirse estos saberes resistenciales pueden entregar también toda una serie de medidas, las que se podrían materializar en el despliegue de acciones planificadas para proteger la información poseída y a las personas de las que se tiene conocimiento, hacer más difícil el acceso del torturador a esta información preciosa, y en lo posible neutralizar su acción.
Pero para que se conforme este saber deben intervenir la confrontación de hechos y procesos simbólicos y comunicacionales, como la experiencia misma de la tortura y el acceso a los diferentes relatos de experiencias de este tipo por otras personas, que se pueden obtener de la comunicación de las experiencias a través de la conversación cotidiana de estas personas en las relaciones cara a cara, y la recepción de mensajes provenientes de diferentes medios de difusión especializados de información, como libros-testimonios, estudios, entre otros.
De tal modo que en la experiencia de la tortura, en el camino de construcción de este saber resistencial, de llegar a construirse, ya habría sujetos que se presentan con imágenes y categorías preconcebidas obtenidas de narraciones anteriores, que eventualmente le pueden orientar sobre el posible curso de la interacción. La vivencia de la tortura, a su vez, introduciría elementos que “enriquecen” las diferentes versiones, las que luego podrían ser traspasadas a otros, emergiendo de este modo un saber colectivo de la tortura. Ambos procesos, para llegar a ser tales, debieran comprender la construcción de tipificaciones, en el primero de la experiencia de primera fuente, en el segundo de la narración de otros con los cuales existe una identificación. Tanto el uno como el otro debieran introducirse en un proceso continuo de representación y acumulación de conocimiento asociado al evento del encuentro.
Sin embargo, del análisis de relatos de torturados y torturadas es posible apreciar que la experiencia de la tortura es una experiencia límite en el sentido que instaura la permanente desconfianza en los límites de uno mismo y de la organización a la cual uno pertenece y la certeza de la factibilidad del acto. Si bien la vivencia de la tortura se convierte en un testimonio indudable asentado en la legitimidad del interlocutor, el hecho de su sobrevivencia es visto por lo común con recelo por parte de los círculos de pertenencia del torturado –“algo habrá dicho que está vivo”-. Así, lo que lo que pudiera constituirse en fuente directa de la posible construcción de versiones que se transmitan y se tipifiquen como saber compartido, se topa con la desconfianza, por una parte, y con la imposibilidad y pudor de decirlo todo, por otra.
El hecho de participar en narraciones que presentan situaciones de tortura en las cuales la víctima resulta un sujeto conocido -un amigo, un camarada, un hermano-, constituye la prueba material de la factibilidad del hecho. Se puede decir que existe un principio de identificación entre aquellos que participan en el relato, que les permite asumir que lo que le pasó a otro con el que se comparten ciertas condiciones de vida, le puede suceder verosímilmente al sujeto -un "yo pude estar en su lugar”-, no obstante los relatos acerca de la experiencia de la tortura son fragmentarios, lo que dificulta su acumulación y sistematización como saber compartido. En este sentido, el testimonio de la tortura vuelve a torturar al torturado, torturando al testimonio mismo, lo que se exhibe en el carácter de los relatos que considero tiene mucho en común con la concepción benjaminiana de alegoría.
En efecto, la visión barroca de la naturaleza como representación alegórica de la historia opera a partir del emblema, como montaje de imagen visual y signo lingüístico. Desde éste se puede leer qué significan las cosas. Así Walter Benjamín:
“El núcleo del modo de ver alegórico, y la exposición secular barroca de la historia como sufrimiento del mundo cobra pleno sentido sólo en períodos de decadencia. Cuanto mayor el significado, mayor sujeción a la muerte, porque la muerte socava profundamente la línea de demarcación entre naturaleza física y significado… La alegoría es, en el dominio del pensamiento, lo que las ruinas en el dominio de las cosas”.(25)
En la alegoría, la historia aparece como naturaleza en decadencia o ruina, y el modo temporal es el de la contemplación retrospectiva. Esto, a diferencia del símbolo, en el cual el tiempo aparece como un tiempo instantáneo, en el que lo empírico y lo trascendente aparecen por momentos fusionados en una forma natural efímera. Mientras, en la alegoría el tiempo se expresa en la naturaleza mortificada, en la maduración y decadencia de sus creaciones.
Pienso que los elementos propuestos por Benjamin pueden servir de marco de referencia para pensar la tortura como una experiencia alegórica que entrega elementos distintos a lo que las ciencias sociales como tales han trabajado en torno al fenómeno. Y el uso de la concepción benjaminiana es posible toda vez que se trata de una experiencia límite en la que los relatos de la tortura en la conversación cotidiana pierden potencia frente a la prepotencia de la experiencia de la tortura, no obstante, precisamente por tener ese carácter, llevan al límite al lenguaje convencional, lo complican, lo problematizan, lo que indica un síntoma, que hace imposible el olvido. En sociedades que, sorprendemente, hacen esfuerzos por perpetuar la mayoría de las veces la impunidad mediante políticas institucionales de olvido, la dificultad de los relatos de la tortura por encontrar un lugar donde descansar en paz, torpedean tal operatoria de administración del silencio.
Esto ocurre porque la peligrosidad de la situación de la tortura posible es subsumida por la experiencia que rebasa cualquier narración. La experiencia límite, a pesar de que es hablada, no se deja decir completamente, y este no decirse plenamente se constituye en el horizonte de la conversación cotidiana. Horizonte en doble sentido: por un lado horizonte como límite de la conversación, ya que toda narración acerca del escenario, la interacción, el encuentro y el resultado de la tortura topan con un límite que es percibido como natural, la experiencia misma. Por otro lado, horizonte en el sentido que la experiencia como límite de la narración se presenta como línea demarcatoria de un más allá de la narración que es infranqueable por el habla, no obstante insiste en la forma de un deseo de liberación: liberación de este pasado, liberación de este presente confuso, liberación de esta identidad, incomodidad permanente con el status quo que pretende expulsar, invisibilizar la experiencia de la tortura, su verosimilitud, a pesar de su materialidad persistente.
Si esto es así, entonces estamos diciendo que la conversación queda en buena medida muda a la hora de afrontar la experiencia. Mudez que -no obstante- habla y da cuenta de un problema. A través de la dificultad de articular un discurso digerible instala un tópico aparentemente irresoluble, que desordena, no deja estar a las sociedades postdictatoriales. Es un silencio que tiene acción, al decir del compositor argentino Charly García. La experiencia de la tortura al narrarse lleva al límite a las palabras mismas con las cuales se narra. Las palabras quedan diminutas frente a lo vivido, y esta ineficiencia del lenguaje deja el sabor amargo al que narra su experiencia de que no ha podido decirlo todo, y que como él los otros tampoco pueden hacerlo, por lo que no se alcanza a constituir un saber colectivo definitivo, no obstante se debe seguir testimoniando, hablando deficientemente para poder salir de esta situación hasta, ojalá, es la esperanza, dar con un nuevo lenguaje, que solo es posible en un nuevo contexto, en un nuevo modo de ser y vivir la vida individual y socialmente.
Al comienzo de mis investigaciones insistí bastante en que el torturado durante la tortura misma no alcanza siquiera a desarrollar una identidad como tal, en tanto su cuerpo queda reducido al juego perverso de una economía política que lo fija a un campo de fuerzas, tan intenso, que queda vedada toda posibilidad para una subjetividad de entrar en relación consigo misma. Durante la tortura el torturado estaría expuesto en un estado de inmediatez con la tortura misma, por lo que el torturado es uno con la tortura, pues en plena tortura se encuentra atormentado por la sensibilidad, no produciéndose ningún tipo de distancia. La inmediatez de la experiencia límite le impediría que se construya una experiencia para el torturado.
No obstante, la insistencia con que los torturados, a pesar de estas dificultades, rodean con sus discursos problemáticos lo que podríamos llamar la experiencia de la tortura, me ha hecho observar que tal insistencia, perfectamente pudiendo ser un ejercicio melancólico, posee una carga emancipadora que pone en crisis, como una mancha de aceite que no se deja borrar fácilmente, el presente vacío de las políticas de impunidad. Se trata, por tanto, de un difícil ejercicio de memoria social que se rebela, que cual estrías, muestran constantemente las marcas del dolor, de lo padecido, de la injusticia, abriendo la mirada común hacia el espanto de lo que las sociedades modernas han sido capaces de hacer con sus propios ciudadanos durante los períodos de terrorismo de estado.
El poder por medio del ejercicio de la tortura ha buscado tener efectos totalizantes, lo que para el torturado significa encontrarse con la cruel paradoja de, durante la tortura, estar rebosante de vida, lleno de vida. La cantidad de vida que tiene es tan abundante, y síntoma de ello es el dolor que no termina nunca, que para el torturado es extremadamente complejo relacionarse con su experiencia límite, pues durante la tortura está en la experiencia, expuesto a la intensidad del poder. No obstante, la experiencia de la tortura del testimonio, como un momento posteriori de la situación de tortura misma, cual lapsus o tic, retrotrae al presente social la violación sistemática de los cuerpos y derechos humanos, pues cual alegoría da cuenta, muestra el pasado presente, lo que no ha terminado de pasar.
Si bien la experiencia límite de la tortura buscó dejar sin palabras al torturado -y en eso consiste la tortura: arrebatarle al otro el derecho soberano del uso de la palabra para dejarlo sin secretos y destruir en él, de esta manera, su alteridad-, para volverlo un ser puro cuerpo en descomposición que jamás podrá constituirse y asumirse como un yo torturado, como un ente sin identidad que desconfía del otro, de su organización, de sí mismo, la tortura del testimonio, la dificultad insuperable de narrar lo acontecido problematiza la elaboración del duelo social lo que pone en crisis a la impunidad, la falta de justicia, la falta de reconocimiento de lo acontecido.
A MANERA DE CONCLUSIÓN
Al momento de enfrentarnos a la tortura como problema, el problema de la tortura nos ha llevado a problematizar e integrar distintas miradas que las ciencias sociales han construido en forma discontinua y aislada acerca de tal fenómeno. Tal recorrido nos ha invitado, además, a seguir buscando, a interrogar estos relatos, a complejizarlos, a dejarse rozar por aquellas voces que, en la forma de una alegoría, no pueden descansar porque están sujetas aún a los efectos de la tortura, lo que pone en evidencia, en el tiempo presente, la decadencia a la cual son capaces de caer los Estados dictatoriales, como el de Augusto Pinochet, cuando cosifican al otro al punto de desconocerle sus derechos como prójimos y violarlos fría, sistemática y racionalmente, a nombre –vaya paradoja- de la defensa y purificación de la Nación.
Pero, por sobre todo, el testimonio de la tortura nos ha abierto a la comprensión que precisamente porque el poder, a través de la tortura, ha dejado huellas que no se dejan hablar completamente, no es posible “superar” u “olvidar” lo acontecido, situación que atenta contra la posibilidad de perpetuar el estado de cosas que han intentado eternizar las dictaduras. Pues si bien son huellas que fueron infringidas en un momento finito, vinieron para quedarse y no se irán más. Por lo que habremos de aprender a vivir con ellas, pero por sobre todo, habremos de hacer lo posible para que ellas vean la luz cada vez más, de modo de alertar acerca de su materialidad y verosimilitud, para que el nunca más, más que una promesa, sea un imperativo ético ineludible para cada vez mayor cantidad de personas en el mundo. Es algo que se lo debemos a nuestros muertos, pero aún más, a nuestros vivos.
NOTAS
(1)Vincenzo Vitiello, La palabra hendida, Ediciones del Serbal, Barcelona, 1990, p.7.
(2)La periodización que presento la construí a partir de la sistematización de la información contenida en los tres documentos antes citados desde los siguientes ejes: 1. Temporal: Los períodos y años en que se cometieron violaciones con mayor frecuencia; 2. Espacial: Los lugares donde se efectuaron; 3. Responsabilidad: Los organismos que ejecutaron la violación; 4. Modalidad: Cómo actuaron; 5. Víctimas: Sobre quién se actuó.
(3)El día 18 de septiembre del 1973 se realiza un Te Deum para la Junta Militar, con la asistencia del Presidente de la Corte Suprema de Justicia y tres ex presidentes de la República: Gabriel González Videla, Jorge Alessandri y Eduardo Frei Montalva.
(4)Diario Oficial, 18/09/1973
(5)Patricio Orellana, Violaciones a los Derechos Humanos e Información. La experiencia chilena, FASIC, Santiago, 1989, p. 49 y ss.
(6)Amnistía Internacional, Tortura, Editorial Fundamentos, Madrid, 1984, p. 4.
(7)Ibídem, p. 4.
(8)Francisco Alonso Fernández, Psicología del terrorismo. La personalidad del terrorista y la patología de sus víctimas, Ediciones Científicas y Técnicas, S.A., Barcelona, 1994, p. 327.
(9)Ibídem, p. 318.
(10)Ibídem, p. 327.
(11)Fernández, op. cit, p. 326.
(12)Ibídem. p. 318.
(13)Ibídem. p. 326.
(14)Para mayor detalle ver: Ignacio Dobles Oropeza, “Apuntes sobre psicología de la tortura”, en Ignacio Martín-Baró (comp.), Psicología social de la guerra, UCA Editores, San Salvador, 1990. p. 197 y ss.
(15)Ibídem. p. 206.
(16)Enrique Bustos, “El fenómeno de la tortura y su interpretación”, en Ignacio Martín-Baró (comp.): Psicología social de la guerra, op. cit. pp. 211-218.
(17)Ibídem. p. 216.
(18)Ibíd.
(19)Edison Otero y Ricardo López, Pedagogía del terro., Un ensayo sobre la tortura, Editorial Atena, Santiago, Diciembre de 1989, p. 105.
(20)Ibídem. p. 108.
(21)Ibídem. p. 119.
(22)Ibíd..
(23)Ibídem. p. 122.
(24)Otero y López, op. cit. p. 123.
(25)Walter Benjamin, El origen del drama barroco alemán, Madrid, Taurus, 1990.